Dinamarca es un país pequeño, con apenas cinco millones de habitantes. Se pensaría que podría ser lo más diferente a Colombia que hay en el mundo. Escandinavia, por lo general, se asocia con una vida idílica, aún más civilizada que la de la mayoría de los otros países europeos. O por lo menos eso era así hasta que apareció Borgen, la serie danesa que desde hace un tiempo está disponible en Netflix.

Se trata de lo que los anglosajones llaman un thriller político, es decir, un drama que gira alrededor del mundo del poder en las más altas esferas. Pero si alguna lección deja esta serie es que el dicho de que “algo va de Dinamarca a Cundinamarca” no es válido. Porque en Borgen lo que llama la atención no es la diferencia entre la política colombiana y la danesa, sino el parecido.

La trama gira alrededor de una atractiva parlamentaria, jefa de un partido, quien aspira a ser primera ministra de su país. Y es en las negociaciones que se requieren para que eso sea posible en lo que Dinamarca empieza a parecerse a Cundinamarca. Cómo se requiere una coalición con los otros partidos para llegar al Gobierno, los primeros capítulos muestran a la protagonista buscando apoyos políticos para tener una mayoría en el Parlamento.

Si alguien creía que los políticos daneses eran servidores públicos transparentes y desinteresados, se va a desilusionar muy pronto. Cada jefe de partido pide mermelada como cualquier ÑoÑo. Para llegar o mantenerse en el poder se negocian los ministerios, las leyes, las obras públicas y los contratos. Y una vez que se llega a acuerdos preliminares, la traición es frecuente. El clientelismo, que se ve de principio a fin, es tal vez lo que la ha vuelto atractiva para los televidentes colombianos, que no dejan de desconcertarse de que nuestros pecados también existan en un país tan diferente.

Otro aspecto que llama la atención es el de los medios de comunicación. Si en la serie la primera ministra es la jefa de los buenos, el director del periódico más importante de Dinamarca lo es de los malos. Se trata de un parlamentario que quería ser primer ministro y tuvo que renunciar por un escándalo de guerra sucia. Desde ese momento su obsesión fue vengarse de quienes llegaron al poder. La calumnia, las mentiras y las exageraciones se vuelven su pan de cada día.

La política solo es uno de los elementos que hacen apasionante esta serie. No menos interesantes son las relaciones humanas. Hay de todo: amor, desamor, adulterio, homosexualismo, por supuesto sexo y hasta pedofilia. Contiene también elementos sociológicos. El dilema para las mujeres entre el trabajo, el hogar y los hijos es uno de los ingredientes más importantes del guion. Igualmente lo es la batalla por la honestidad en la política, el elemento que divide a los buenos de los malos. Lo que sorprende es que en Dinamarca eso sea una bandera tan de moda como en Colombia, pues se asumiría que ese país no sufría de ese flagelo.

La calidad de la producción es impresionante. No tiene nada que envidiarles a las grandes series norteamericanas. La actuación, la edición, los escenarios y el trabajo de cámara son los que se esperan de Hollywood, pero no de un país que en habitantes es apenas un poco más que la mitad de Bogotá.

Borgen tiene hasta ahora 30 capítulos y los que empiezan a verla no son capaces de parar. Como con las series gringas, cada episodio induce al próximo y con frecuencia tres o cuatro se ven en una noche. Tiene la particularidad de ser un producto danés que ha enganchado al mundo entero. Eso no es poca gracia y por eso, definitivamente, vale la pena verla.

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