En Colombia, un país de características democráticas, donde los ciudadanos eligen a sus gobernantes, la ley permite que el inconformismo político se manifieste en las urnas con una figura sin nombre propio: el voto en blanco.

Como una expresión de disentimiento ante las propuestas de los candidatos a un cargo de elección popular, en Susa – Cundinamarca 2003 y Bello – Antioquia 2011, el voto en blanco venció a los políticos tradicionales, donde la ciudadanía definió el rumbo de sus territorios.
En estos casos, y tal como lo expresa la ley, se repitieron las elecciones y se eligieron nuevos candidatos.

Sin embargo, y aunque el voto en blanco es una alternativa para que los colombianos elijan un dirigente afín a sus intereses, éste puede resultar ser una manera de expresar las opiniones de un pueblo, o un ‘arma de doble filo’.

En ese sentido, hay quienes afirman que allí se abre la puerta a representantes de ‘bajo perfil’ y a la corrupción, pues al vencer esta opción, se descartan candidatos fuertes y se genera expectativa ante candidatos ‘improvisados’.

De otro lado, el voto en blanco en Colombia, y en las principales ciudades del país, ha sido representativo para afirmar que los tiempos han cambiado, y a pesar que no ha sido vencedor, cada vez tiene más adeptos.

Esto se explica en los llamados ‘votos de opinión’, pues al no estar conforme con ningún candidato, el voto en blanco es para muchos la mejor forma de expresarle a los candidatos que sus promesas ‘no son suficientes’.

De esta manera es de resaltar que para promover una democracia justa y participativa, el voto en blanco seguirá siendo una herramienta para que los ciudadanos se manifiesten ante la política tradicional.

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